EL VIAJE MAS CORTO EN UN AUTOBUS

1/05/2007


Si alguna vez al salir del colegio, no está Juanito esperando para traeros a casa, coges a tu hermana de la mano y te vienes andando por la acera.
Estas palabras me repetía diariamente mi madre, cada vez que por las mañanas, nos preparábamos para ir al colegio.
Insistía reiteradamente que debía tener mucho cuidado con ella porque era menor que yo, que debía coger a mi hermana de la mano y no soltarla por ningún motivo.
Que ella debía de ir por el interior de la acera, bien pegada a las fachadas de las casas.
Mi madre, como si de una letanía se tratara, se extendía en una explicación pormenorizada de todas estas cuestiones, quizá pensando que de esta forma iba a ser más cuidadoso, si alguna vez se daban estas circunstancias.
Al principio yo la escuchaba, y si dejaba de poner atención a sus palabras se percataba y me daba un ‘toque de atención’, pero con el paso del tiempo aprendí a disimular, y parecía que la escuchaba pero solo la oía.
Yo debía de estar muy concienciado, porque si había algo en lo que yo ponía especial atención, era en cuidar de mí hermana siempre que se me requería para ello.
¡Increíble!.
Yo debía de tener entonces entre seis o siete años, y aunque mi hermana era solo un año menor que yo, recuerdo que tenía la sensación de ser bastante mayor que ella.
Mientras mi madre me daba todos estos consejos, yo veía como se formaba en mi mente una imagen, con el recorrido que debía de hacer desde el colegio hasta mi casa.
Me sabía de memoria todas las calles del recorrido con sus casas, y las puertas y ventanas de estas, y visualizaba especialmente, aquellas ventanas que sobresalían de las fachadas, como si de una película se tratara.
Todos los días veía el recorrido cuatro veces, y una vez más por la mañana hacia un repaso mental, por lo que llegue a conocer hasta el mínimo detalle de este.
Me imaginaba a mi hermana y a mí caminando cogidos de la mano, y mientras yo lo hacía en línea recta ella debía de ir pegada a la pared, de tal forma que tenía que tirar de ella hacia fuera cada vez que nos acercábamos a estas ventanas que sobresalían de sus fachadas para que no se diera con ellas.
Para mí este era el principal peligro, que no se diera un batacazo con las ventanas, aunque mi madre insistiera en los peligros de la calzada, por la que en aquellos tiempos pasaban cuatro coches a la hora o menos.
De todas formas Juanito nunca había faltado a la puerta del colegio para llevarnos a casa, y si alguna vez lo había hecho, otra persona había ido a recogernos.
Juanito era un muchacho de unos veinte años, que mi padre tenía empleado en nuestra especie de granja avícola.
Lo que hacía básicamente, era dar de comer a los animales, y recoger los miles de huevos que ponían las gallinas y las patas.
Mi madre también tenía una ayuda con él, pues frecuentemente le llamaba, para mandarlo a hacer diversos recados, y sobre todo a llevarnos y traernos del colegio.
Mi padre, había dispuesto para él una bicicleta de cuadro, ‘para hombres’ se decía entonces, pues llevaba una barra de refuerzo desde la base del sillín hasta la del manillar, lo que impedía, por natural decoro, el ser montada por una mujer, ya que su movimiento al subirse podía inspirar pecaminosos pensamientos varoniles.
Tenía un generoso portaequipajes, en el que nos montábamos mi hermana y yo.
Ella se sentaba delante, y yo sentado detrás, la rodeaba con mis brazos, y me agarraba al sillín en el que se sentaba Juanito.
Si alguien se caía, pues eso, que me cayera yo, de todas formas no se me iba a notar un cardenal entre los muchos que poblaban mi cuerpo.
En su extremo posterior, el portaequipajes disponía de un soporte metálico vertical, en el que Juanito colocaba las carteras del colegio, sujetas por una cinta elástica.
Era una pequeña aventura diaria, para mi hermana y para mí, el subir al portaequipajes de la bicicleta.
Después de que Juanito colocaba y sujetaba las carteras en la parte posterior del portaequipajes, se montaba en la bicicleta con los pies en el suelo ligeramente separados, y mientras la mantenía sujeta, mi hermana y yo, de forma sucesiva, trepábamos al portaequipajes.
Primero poníamos un pie en la horquilla que fijaba la rueda posterior, y asiéndonos al portaequipajes nos aupábamos sobre ella con la ayuda de Juanito, que se retorcía sobre el sillín como si fuera de goma.
Una vez terminada la escalada quedábamos prácticamente empaquetados.
Un día, sonó la campana para salir del colegio, recogí mis libros, cuadernos y lápices en mi cartera, y me fui hacia la puerta de la clase de mi hermana.
Cada día, al final de las clases, ella esperaba en la puerta de su aula a que yo llegara, y juntos nos dirigíamos hacia la salida.
Tenía el colegio un gran vestíbulo de entrada y salida, con un banco de madera a lo largo de todo su perímetro, interrumpido solo por las puertas y el comienzo de una gran escalera.
Esta gran estancia, en realidad, estaba conformada por dos más pequeñas, separadas por un grueso muro de carga en el que se había practicado un gran hueco, lo que aparentaba ser una sola sala.
Saliendo de las aulas, la primera de estas dos estancias, era en realidad un altísimo y espacioso hueco de escalera casi cuadrado, de no menos de ocho metros de ancho, y tres plantas de las antiguas, de alto.
Tenía en la pared que la separaba de la calle dos grandísimos ventanales superpuestos.
La base del inferior, se encontraba a no menos de dos metros de altura del suelo, por él, a pesar de su tamaño, entraba una pobre luz debido a la estrechez de la calle exterior.
Serpenteando por su interior, ascendía una ancha escalera, por la que se accedía a las plantas superiores de aquella ala del colegio.
En realidad el primer acceso era una puerta secreta, pues así llamábamos a las que permitían el acceso a las zonas de clausura.
En realidad se trataba de dos puertas separadas por un par de metros, con el fin de que siempre hubiera una de ellas cerradas al transitar por ellas, por lo que quedaba velada la visión del interior.
La segunda sala era el acceso a la angosta y para mí tétrica calle Cava.
Tenía un espacio similar a la anterior, pero su techo estaba solo a unos tres o cuatros metros de altura, y tenía la inclinación del tejado que le cubría.
En esta sala no había ventanas, y se abría a la calle, a través de una enorme puerta de dos pesadas hojas de madera.
En ella, se apiñaban los alumnos y sus acompañantes, y los días que llovía en los momentos de salir del colegio, se percibía un bullido frenesí entre los mayores para poner y quitar los impermeables a los chicos, sin ensartarse con los paraguas.
El recuerdo que tengo, de las entradas y salidas de mi colegio, es el del tránsito caótico, a través de una grande y penumbrosa sala, en la que nos dejaban a los alumnos cuando llegábamos al colegio, y en donde al finalizar las clases, esperábamos a que nos recogieran.
Este recuerdo sería normal, si no fuera porque aquel vestíbulo me cohibía hasta sentir un miedo que me hacia vigilar en todas direcciones cuando me encontraba en él.
Normalmente, cuando mi hermana y yo llegábamos a la salida, ya estaba Juanito esperándonos para llevarnos a casa, si no había llegado, nos sentábamos en el banco de madera frente a la puerta, y esperábamos durante breves momentos hasta que aparecía.
Aquel día, para mi sorpresa y asombro Juanito no apareció, tras esperar un buen rato, llegamos a la conclusión, de que nadie iba a aparecer para recogernos.
Mi hermana y yo nos miramos el uno al otro, preguntándonos y a la vez respondiéndonos sobre lo que debíamos de hacer, y sin mediar palabra nos pusimos en pie, y nos dispusimos a regresar a casa.
Yo no tuve ninguna sensación de temor, pues disponía en mi memoria, de un amplio y detallado manual de instrucciones inculcado por mi madre, para regresar sin ningún riesgo a mi casa.
Conocía perfectamente, donde se encontraban todas las ventanas que sobresalían de las fachadas de las casas, y eso me hacía pensar que mi hermana estaba segura conmigo y no se iba a dar ningún golpe con ellas.
Yo cuidaría de que llegara a mi casa sin ningún chichón.
Salimos por aquella enorme puerta abierta de par en par bien cogidos de la mano, y por la acera comenzamos a caminar por la estrecha y lúgubre calle del colegio.
Estaba bordeada de viejas casas de dos o tres plantas, y en la parte alta de sus fachadas, sobresalían los aleros de tejas, con sus extremos finales superpuestos en un canalón de zinc, en el que vertían sus aguas cuando llovía.
Casi todas ellas, tenían en la última planta unas pequeñas ventanas, que mi imaginación percibía como enormes ojos de macabra mirada.
Durante el recorrido de los doscientos o trescientos metros de la calle, yo miraba de reojo hacia arriba vigilando las casas, como si estas amenazaran con abatirse sobre mí para engullirme.
¡La calle Cava!, todavía recuerdo el miedo que me inspiraba, y la recorría a la máxima velocidad que me permitían mi hermana y las rejas que sobresalían de los ventanales.
Pronto desembocábamos en las escalinatas, y sentía la sensación de haber salido de un tenebroso túnel.
Las escalinatas eran en realidad una ancha calle, de unos setenta metros de larga, y con una ligera inclinación, por la que se deslizaba una escalera a todo lo ancho, con peldaños de un metro de huella.
En algunas ocasiones, eludiendo la vigilancia de mis padres, algunos amigos y yo, nos habíamos ido a intentar bajar corriendo esta escalera en su totalidad.
Para ello, dábamos largos saltos de peldaño en peldaño, y aunque subirla era cansado, por lo que suponía el remontar su desnivel, bajarla a brincos era un desafío.
El salvar los peldaños de un solo salto cuando bajabas, producía un aumento involuntario de velocidad, de tal forma que, o sabías controlarla o el batacazo era casi seguro.
Si perdías el equilibrio bajando, el porrazo que te dabas era aparatoso, pues las piernas se te descontrolaban y los brazos comenzaban a aletear como deseando volar, y con cara descompuesta, terminabas con tu cuerpo rodando por tierra, con la consiguiente guasa de los mirones.
En esta ocasión, la bajamos al paso que marcaba mi hermana, dando varios pasos en cada peldaño, para finalmente, desembocar en la calle de acceso al puente del barrio.
Con unos cien metros de longitud, y un giro en ángulo recto cerca de la mitad de su recorrido, esta espaciosa y luminosa calle, era transitada por gran número de peatones.
Tenía unas aceras, formadas por grandes losas de piedra viva, que estaban siempre brillantes por el paso de los viandantes.
Mi hermana y yo, ascendimos por su suavísima pendiente, y por la acera izquierda en el sentido de nuestra marcha llegamos a lo alto del puente.
Este cruzaba un río casi seco, por el que esporádicamente, llegaban grandes avenidas de agua de desastrosas consecuencias.
El cauce de este río, dividía la ciudad en dos partes, el barrio y la impropiamente llamada ciudad.
Entre los residentes de ambas zonas, se respiraba cierta rivalidad, que yo percibía a pesar de mi corta edad.
A mí, me gustaba cruzar el puente de piedra por la otra acera, pues podía ver desde lo alto, las grandes charcas de barro arcilloso, de las alfarerías que había en la margen izquierda del río.
Pero las instrucciones de mi madre, eran muy precisas en lo referente a donde debía cruzar la calle, y ese punto aun no había sido alcanzado.
Una vez atravesado este, llegamos a la usualmente llamada cuesta del puente, e iniciamos el descenso del pronunciado tramo de calle que desde lo alto, iba a desembocar perpendicularmente a la calle principal del barrio.
La calle Mayor, un nombre nunca comprendido por mí, porque ¿mayor que cual?, no existía una calle Menor con la que compararla, y es que a veces los vecinos que las conforman, padecen el mal del pavoneo, aunque en este caso más me valdría cerrar la boca pues en ella, estaban las respectivas casas de mis abuelos paternos y maternos.
No he hecho gestiones acerca del particular, pero estoy casi seguro que el nombre, no se lo pusieron ninguno de ellos.
En este cruce había un guardia urbano, encargado de ordenar el tráfico y el paso de peatones.
Este nos conocía a mi hermana y a mí, bueno, en realidad conocía a todo el mundo que circulaba por allí.
Cuando llegabas a su altura te infundía una gran serenidad, te miraba brevemente y percibías el cuidado que tendría para que cruzaras la calle con seguridad.
Pienso, que era igual de cuidadoso con toda la gente, pues durante las Navidades, todos los días se formaba a su alrededor, una verdadera montaña de cajas con bebidas, comida y toda clase de regalos, en agradecimiento por su eficiente servicio.
Este era el sitio, por el que mi madre me había indicado que debía cruzar la calle, y así lo hicimos con la ayuda del guardia urbano.
Seguimos caminando de nuevo, esta vez por la acera de nuestra derecha, y a escasos metros de comenzar a transitar por la calle Mayor, mi hermana emprendió un lastimero rosario de quejas, a la vez que hacia intención de pararse.
Se quejaba, del cansancio que le producía el recorrido, y aunque yo procuraba adaptarme a su lento caminar, comprendía su disgusto.
Nos detuvimos brevemente para que se repusiera y tomé su cartera del colegio en mi mano libre.
A partir de este pequeño descanso, sus quejas fueron en disminución, pero no mucho.
Llevábamos recorridos unos cuatrocientos metros de la calle Mayor, habíamos dejado atrás el Anchurón y la farmacia, para encontrarnos a la altura de la Tienda del Soldado.
Desde donde estábamos, podía ver mi casa a unos trescientos metros, pues la calle tenía una suavísima pendiente, que descendía hasta la mitad de la distancia que nos separaba de ella, para volver a ascender levemente.
En el sitio más bajo de la calle, desaparecía la acera en un tramo de unos seis o siete metros, para dar salida a las infrecuentes aguas de lluvia.
En este trecho, se sumergía en la fachada de la vieja casa contigua, un hueco para el paso de estas y otras aguas no tan limpias.
Parte de estas no tan limpias aguas, eran los vertidos de una tenería próxima, que habían formado en el fondo arcilloso de la gran embocadura, un maloliente fango de desagradable color gris verdoso.
En una de mis frecuentes miradas hacia atrás, vislumbre entre los vehículos de la calzada el autobús urbano.
Estaba detenido en la parada que habíamos dejado atrás hacía unos instantes, en la farmacia Fuentes, y aún le quedaban al autobús, cuatro paradas más hasta el final de su recorrido.
La primera, estaba muy cerca de donde nos encontrábamos nosotros, a la altura de la taberna ‘El Tonterías’, y la segunda, a medio camino entre esta y la penúltima, que estaba justamente delante de la puerta de mi casa.
Le llamaban a este autobús, ‘el abuelo’.
Alguien le había puesto el apodo, viendo lo viejo y desvencijado que estaba, aunque a pesar de ello, hacia su recorrido con total normalidad, cargando en su interior en algunos momentos, gran cantidad de viajeros.
Los domingos por la tarde, después de la hora de la comida del medio día, el autobús se llenaba de viajeros, dispuestos a ir al fútbol o al cine.
Se encontraban las salas de cine, en el centro de la ciudad, y el campo de fútbol, casi en el otro extremo de la misma.
En las paradas de autobús, se formaban tales aglomeraciones de personas, que muchas de ellas se quedaban en tierra, porque cuando el autobús iba lleno, no paraba hasta llegar al otro lado del puente.
Así pues las personas de carácter impaciente, cuando salían de sus casas, comenzaban a caminar en sentido contrario, para alcanzar las primeras paradas del recorrido del autobús, y de esta forma, tener una mayor posibilidad de subir a él.
Tantas subían al autobús, que sobresalían por las puertas, yendo materialmente prensadas las que iban en su interior.
Yo conocía muy bien este prensado, pues en una ocasión en que había ido con mi padre al fútbol, cuando miraba hacia el techo del autobús, era incapaz de verlo.
Cuando iba tan lleno, y trataba de subir la cuesta del puente que unía el barrio con la ciudad, muchos viajeros se apeaban en marcha, y se aprestaban a empujarlo por detrás.
En no pocas ocasiones, se había detenido a mitad de la pendiente, siendo necesario que se bajaran casi todos los viajeros, para poder emprender la marcha nuevamente.
En tales ocasiones, los viajeros convertidos en peatones forzosos, remontaban caminando el resto de la pendiente, y volvían a subir al autobús, en lo alto del puente.
Tenía el autobús dos puertas: por la anterior, justo a la derecha del conductor, bajaban los viajeros cuando llegaban a su destino, y por la posterior subían.
Nada más subir, a la derecha se encontraba un flaco cobrador, que medio en pie medio sentado, detrás de un exiguo mostrador, te expendía un tique de viajero por una perra gorda, o sea, unos diez céntimos de peseta.
Las puertas eran amplias, los viajeros podían pasar por ellas de dos en dos, y tenían en el centro y a ambos lados unas barras asideras de arriba a abajo, de las que podías auxiliarte para subir y bajar.
Entre el suelo y la plataforma de los viajeros, había dos apropiados peldaños, que servían para acceder y bajar cómodamente.
Cada puerta tenía dos hojas de libro, que permanecían casi siempre abiertas, y estaban normalmente trabadas, para que no se cerraran accidentalmente.
Las quejas de mi hermana por el cansancio acumulado, habían descendido pero no habían cesado, y yo procuraba ayudarla a caminar, sobre todo, intentando ir más despacio.
El paso era tan lento, que creía que no llegaríamos nunca.
Nos faltaban pocos metros para llegar a la próxima parada de autobús, la de la taberna ‘El Tonterías’.
No sé porque tipo de inspiración, me llegó la gran idea que remediaría nuestros males.
Inmediatamente apreté un poco el paso para alcanzar la parada antes que él, y tirando de la mano de mi hermana, como si me fuera la vida en ello, caminó llorando y suspirando.
Llegamos casi simultáneamente, y este se detuvo para que bajaran un par de viajeros, de entre los pocos que aun quedaban, pues ya estaba casi al final del trayecto.
Por esta misma razón, en estas últimas paradas, normalmente no había viajeros que subieran al autobús, por tanto tenía que ser rápido en la ejecución de mi plan.
Aproveché el tiempo de parada, para acercarme a la puerta posterior, y sin pensarlo dos veces, deposité nuestras carteras del colegio, en la parte anterior del primer escalón.
Senté a mi hermana en la parte posterior del mismo, asegurándome que se agarraba bien a los pasamanos de subida, rodee su mano derecha con mi mano izquierda, y me preparé para correr a la par del autobús.
En algunas ocasiones, me había imaginado agarrado de la parte posterior del autobús, corriendo ayudado por su tracción.
Yo había comprobado, que entre parada y parada, alcanzaba una velocidad muy baja, pues la distancia entre ellas era pequeña.
Pensaba, que a la vez que el autobús aumentaba su velocidad, yo podría correr cada vez más rápido, y si era necesario, comenzaría a dar saltos cada vez más largos, como cuando descendíamos saltando por las escalinatas.
Esta fue la primera ocasión en que comprobé, que entre la teoría y la práctica puede haber grandes diferencias.
El autobús se puso suavemente en marcha, y comencé a caminar a su lado, al principio muy despacio, y luego cada vez más rápido.
Notaba la fuerza de su arrastre, que llegaba a todo mi cuerpo, como si él y yo fuéramos uno solo.
Por un momento pensé que quizás había un fallo en mis previsiones, y no había tenido en cuenta el suave descenso de la calle, el caso es que el autobús rodaba cada vez más rápido, por lo que me prepare para dar saltos cada vez más largos.
Hubo un instante en que comencé a comprender, que aquella idea mía no funcionaba bien del todo, pues mis piernas comenzaron a descontrolarse y me sentí volar.
En un impulso de supervivencia me solté del vehículo, dejando a la vez libre la mano de mi hermana.
Mis brazos giraban descontrolados, y mis piernas daban grandes traspiés, pero a pesar de la gran velocidad, conseguí mantener el equilibrio y no caer al suelo.
Mi hermana, que me había estado mirando con atención, comprendió que no debía de soltarse de mi mano, por lo que a su corta edad, reacciono de forma totalmente inesperada para mí.
Puso sus manos a ambos lados de sus piernas, y apoyándose en el peldaño, se impulso hacia fuera para bajarse.
Yo pude verla salir disparada hacia delante.
Apenas tocó el suelo, cayó de lado girando sobre ella misma, y fue a parar sobre aquella superficie de lodo, por el que se sumían las aguas de la tenería.
Corrí en ayuda de ella, se había clavado materialmente en el fango, pero rápidamente había empujado con sus manos para alzarse sobre él.
¡Un desaguisado!
Parecía una pestilente y sucia croqueta.
Cuando llegué, estaba llorando sentada en el fango y le faltaba un zapato.
Como pude le ayudé a salir de allí, y me dispuse a buscar el zapato que le faltaba.
No tardé en localizarlo, lo cogí y salí de aquel lodazal como buenamente pude.
Mi hermana se sentó en la acera llorando desconsoladamente, yo me acerque a ella con su zapato en la mano, y me incline para ponérselo.
Era todo un nauseabundo y fétido cuadro, yo me había manchado solo los zapatos y los calcetines, pero ella era un desastre desde arriba hasta abajo.
Su precioso vestido estaba impregnado de fango, y de ella apenas si se veían sus ojos.
Me puse en pie y le ayudé a levantarse del suelo mientras trataba de animarla, pero ella lloraba y lloraba desconsoladamente haciendo pucheros.
Al momento dejé de oír su llanto aunque este no cesaba, y comencé a pensar en mi futuro inmediato.
Aquello, tenía toda la pinta de tener imprevisibles consecuencias para mí.
Empecé a pensar en la reacción de mis padres, sobre todo en la de mi madre que nos estaría esperando.
Me esperaban cuando menos, unos cuantos azotes en el trasero, que mi madre me daría con una de sus zapatillas.
Con mucho mimo y cuidado pero con energía, me arreaba tres o cuatro zapatillazos, que escocían como picaduras de avispa.
Yo creo y entonces así lo pensaba, que le dolían más a ella que a mí, pero aquello era rápido, en breves segundos habías penado por tus faltas y estabas en paz.
Te arrepentías y hacías propósitos de enmienda, por lo menos, el tiempo que duraba el escozor del trasero.
En ese momento, el objetivo principal de mis cavilaciones era escapar al castigo fuera el que fuese, pero no encontraba, a pesar de mi gran imaginación de niño, una escusa que tuviera visos de ser creíble.
Llegamos caminando al inicio de la manzana, en cuyo final se encontraba mi casa.
Estaba conformada esta, por las instalaciones de una industria propiedad de mi abuelo paterno, además de mi casa y la de un hermano de mi padre.
Tenía una fachada de unos cien metros de longitud, a cuyo comienzo estaba la entrada principal de la empresa.
Era una gran verja de dos hojas, por la que se accedía a un patio delantero al que entraban camiones para cargar o descargar mercancías, separado de la calle por una valla con una gran reja de hierro.
Por esta cancela entraba y salía el personal de la fábrica, y algunas mujeres que tomaban agua de una fuente con un grifo que allí había.
También por ella, podía accederse a la parte posterior de mi casa, atravesando este patio delantero y otro interior algo mayor.
La mitad aproximadamente del patio interior estaba ocupado por un huerto con gran variedad de árboles frutales.
Había al fondo y hacia un lado, dos grandes balsas con agua, que antiguamente se usaban para macerar esparto.
Mi abuelo había cambiado su uso, adecuándolas a otras necesidades.
Una de ellas se usaba para el baño diario de las patas de la granja de mi padre, y la otra para bañarnos la familia en verano.
A este patio, se abrían también, algunas puertas de las naves que componían la industria, y otras por las que se accedía a las naves de las aves de la granja de mi padre.
Había además, dos puertas al fondo, en el lado opuesto a las balsas de agua, por donde se accedía respectivamente, a los patios interiores de mi casa y de la casa de mi tío.
Por un momento, pensé colarme por la verja de la fábrica, y atravesando los patios interiores, dejar a mi hermana en la puerta interior de acceso a mí casa, y después de esto esconderme.
En mis juegos, había ido descubriendo sitios en los que ocultarme, algunos de ellos eran conocidos por casi todas las personas que habitualmente me rodeaban, y que por una u otra razón habían tenido que buscarme, cuando me escondía por haber cometido alguna trastada.
Casi todos los sitios eran conocidos por mi hermana, y unos pocos solo los conocía yo.
El más conocido era una gran tinaja acostada sobre su vientre, en una pequeña habitación de paso desde mi casa al huerto, en la que nos escondíamos cuando queríamos que nos descubrieran rápidamente.
Sin embargo había algunos otros escondites que los utilizábamos solamente cuando habíamos hecho alguna travesura gorda.
Yo tenía la creencia, de que si cuando hacías una travesura te escondías durante un buen rato, se cansarían de buscarte y te librarías del castigo.
Esta es otra experiencia, en la que no había concordancia entre la teoría y la práctica, pues casi siempre que me escondí por una trastada, terminaron castigándome, aunque siempre seguí pensando, que era por no haber estado escondido el tiempo suficiente.
Deseché la idea de esconderme, pensando que esta vez la había hecho gorda, y que no debía agravar la situación, además era mejor afrontar las consecuencias inmediatamente, y salir del lío lo antes posible.
También para mí por aquellos tiempos, era una pequeña aventura el afrontar las consecuencias de mis travesuras, yo sabía que el castigo, en cualquier caso, solo ‘picaba’.
Los castigos por parte de mis padres, eran como breves paréntesis en mis actividades diarias, y no me veía a mí mismo, formando parte de sus vidas, sino que los demás aparecían en mi mundo esporádicamente, para formar parte de él.
Solo mi hermana y mi tío Toni, ocupaban casi permanentemente, una parte importante de mi tiempo.
Llegamos a mi casa, abrí la puerta y comencé a llamar a mi madre, fingiendo estar peor que mi hermana y desconocer los motivos del desaguisado, pero solo estaba Concha.
Cuando nos vio, se echó las manos a la cabeza, y mientras trataba de entender lo que había pasado, comenzó a asearnos y cambiarnos de ropa.
Por esta vez, me estaba escapando del castigo, pero cuando todo iba sobre ruedas, apareció mi madre con nuestras carteras en sus manos.
Algún viajero, que había subido al autobús urbano, en la parada del inicio de recorrido, había encontrado nuestras carteras del colegio en los escalones, y se las había entregado al cobrador.
Este había leído nuestros nombres en ellas, y al llegar a la parada de mi casa, se las dió a mi madre, o algo similar, pues ella estaba o salía de la tienda que había al otro lado de la calle.
Mi madre estaba completamente desconcertada, y entro en casa muy preocupada, pues cuando nos vio, di un fuerte suspiro de alivio.
Ya nos habían aseado, y nos estábamos vistiendo con ropa limpia, cuando comenzó a interesarse por lo que había ocurrido, y yo haciendo alarde de imaginación, me dispuse a contarle una trola.
Concha le mostró la ropa sucia, pero no le contó la versión que yo le había dado, que coincidía bastante con la realidad.
Mi madre no creía nada de lo que yo le decía, sin embargo, yo percibía que la situación se distendía con el tiempo.
Sin embargo pienso, que todo quedó para ella completamente claro.
Con las pistas que le dio Concha, y el exhaustivo interrogatorio al que nos sometió a mi hermana y a mí, terminó sabiendo toda la verdad.
¡Aun no me creo que escapara sin castigo!
Quizás pensó que si tenía un tornillo suelto, terminaría cayéndoseme, o bien, no quería recortar mi desmesurada imaginación, aunque esto último lo dudo.
Yo creo, honestamente, que como madre, pudo mucho más el alivio de vernos bien, que su posible disgusto por la travesura.